martes, 1 de febrero de 2011

Relato de una Injusticia


Luís de La Vega habló con franqueza. Nos describió un panorama empresarial dramático y muy poco alentador para las nuevas generaciones periodísticas. A través del relato de su experiencia pude, todos pudimos, hacernos una idea de lo nos espera en nuestra futura labor como profesionales de la comunicación.

Él es corresponsal de España en Marruecos. Dice que allí hay más que en cualquier otro lugar del mundo, a pesar de trabajar en unas condiciones precarias, ejerciendo un oficio que, en muchas ocasiones, se convierte en un auténtico riesgo vital.

Nos presentó un Marruecos tirano para con una población Saharaui abandonada por todos: por España, por la ONU y por el mundo en general. Lo lamentable es que el Sahara no es un país yermo en sí mismo, no carece de importancia geográfica ni demográfica, sino que está poblado por miles de personas que día a día sufren una situación de violencia, peligro y escasez extrema. Su extensión es similar a media península ibérica sin ir más lejos.

Nadie se hace responsable del Sahara, pero tampoco se le permite conseguir la autodeterminación. España continúa teniendo la titularidad del territorio, y Marruecos su soberanía. Por nuestra parte, el Ejecutivo sigue evitando pronunciarse sobre el conflicto. Precaución y diplomacia es lo que predican los de arriba, apatía y miedo lo que demuestran. Sin embargo la cruda realidad de esta situación nos induce a preguntarnos un por qué. ¿Por qué un territorio de tales dimensiones carece del Derecho del que todo pueblo debiera gozar, como es la autodeterminación? Porque a los controladores del mundo, de la actividad económica global, no les interesa que un área geográfica carente de recursos de autoabastecimiento se consolide como país nuevo. Por ello todos los intentos de independencia del Sahara han resultado fallidos, y Marruecos continua ostentando el poder.

Sin embargo, lo que sí interesa en términos económicos a los países vecinos del Sahara es la medida en la que puedan explotar los escasos recursos con los que cuenta. Este territorio posee nada menos que el mayor yacimiento de fosfato del mundo, controlado por una empresa española “Fos Bucra” y financiada a su vez por otra marroquí, con lo que Marruecos se ha convertido en el segundo productor de fosfato del mundo. España, en este sentido, no se queda atrás, la exportación de arena a las playas canarias desde el Sahara reporta múltiples beneficios a nuestro país, tales como mayor inversión en buques de traslado. La compra y venta de fosfato y pescado con Marruecos tiene su origen en el sudor del proletariado saharaui.

Como estamos comprobando, Marruecos es el que parte el bacalao en este asunto, y los países que mantienen acuerdos con Rabat evitan pronunciarse por miedo a romper sus lazos comerciales. La prueba de ello la tenemos en la autoproclamación de la República Árabe Saharaui Democrática del 1974, reconocida por muchos países, pero rechazada por las primeras potencias económicas. La principal causa de la situación actual del Sahara es ya, indudablemente, la falta de interés de los países ricos.

Por si esto no fuera suficientemente grave, como estudiantes de periodismo y españoles que somos, Luís de la Vega nos relató también, con gran crecimiento de nuestro interés, la situación particular de nuestro Estado hacia el conflicto, y el por qué del apoyo (a través de la apatía) a Marruecos y la falta de posición del gobierno.

Las relaciones diplomáticas con Marruecos son un tanto delicadas en nuestro caso, ya que el principal objetivo de España es evitar el terrorismo islamista y la expansión de su potencial económico. El tráfico de drogas es otro punto de inflexión, aunque se supone que no está permitido en nuestro país, sustancias como la marihuana y el hachís siguen entrando en cantidades industriales a la península, a través del estrecho, pero la policía portuaria nunca incauta nada. ¿Por qué? El caso es molestar a Marruecos lo menos posible y mantener acalladas sus exigencias de titularidad para con Ceuta y Melilla.

Este silencio llega a tal extremo que ya no denunciamos nada, ni siquiera las numerosas bajas de periodistas corresponsales españoles en las costas de Maruecos y las inmediaciones del Sahara. Eran profesionales que estaban ejerciendo una labor comunicativa, la elaboración del producto que responde a una de las primeras necesidades humanas creadas por la Era de la Información y sobre todo, el regalo de un Derecho Fundamental para todos los ciudadanos. A esos corresponsales fallecidos durante el ejercicio de su trabajo se les ha negado todo, no solo la oportunidad de desarrollar su actividad profesional, sino también la de informar al mundo de hechos veraces, la de dar a conocer una situación real y muy injusta, y lo más importante, la vida.

En Marruecos está sucediendo algo sin precedentes. No solo hay bajas en el ámbito periodístico, también se les está denegando o sustraído la acreditación a nuestros corresponsales. Es un hecho insólito, que aumenta sobremanera la preocupación por el verdadero calibre de los hechos que allí se están sucediendo. Algunos periodistas, aquellos que llevan más tiempo residiendo allí, están “fichados” por la autoridad y totalmente inutilizados a la hora de trabajar. Según Luís de la Vega, solo los “nuevos” gozan de alguna oportunidad de informar fuera de esas fronteras. Esta situación no avanzará a menos que España exija que entren en Marruecos la totalidad de sus medios, en defensa de la libre circulación, sin necesidad de pasar por una criba. Su error fue pensar que permitiendo la entrada de corresponsales enviados por E País o El Mundo, las crónicas iban a ser más positivas para sí.

Luís de la Vega es el corresponsal que ha residido más tiempo en Marruecos, ocho años. Por ello, conoce de primera mano todo el panorama que estamos describiendo. Podemos denominarlo todo un periodista especializado. Al hablarnos, identificamos en él la voz de la experiencia, un modelo de profesional también desencantado con su propia profesión, con la cada vez más baja calidad de los productos informativos y con la rapidez con la que el tiempo se está comiendo las artes del periodismo. Pero también, si cabe, identificamos un atisbo de esperanza, un ruego a las nuevas generaciones de alejar ese abismo al que se va precipitando nuestra profesión. Más que desanimarnos creo que nos estaba alentando. Por ello, y por lo didáctico e interesante de su visita, un ¡bravo! Para Luís de la Vega.

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